chapter 27

Capítulo 24

Capítulo 24

Pasado

Sábado, 10 de septiembre

Doce años atrás

Traducido por Nicola

Corregido por

Herondale

Editado por Lyn

y Roni Turner

Elliot estaba desparramado en el suelo, contemplando el techo. Había estado de esa forma por un rato, con su copia usada de

Los viajes de Gulliver

abandonada en la almohada junto a él. Parecía tan concentrado en lo que

estaba

pensando que ni siquiera había notado la forma en la que mis ojos se movían sobre su cuerpo cada vez que pasaba una página.

Estaba empezando a preguntarme si alguna vez dejaría de crecer. Tenía casi diecisiete, hoy llevaba puestos unos pantalones cortos y sus largas piernas parecían continuar por siempre. Estaban más peludas de lo que recordaba. No demasiado, solo una ligera pelusa café sobre su piel bronceada. Era masculino, decidí. Me gustaba.

Una de las cosas más extrañas de tener per

í

odos largos de tiempo sin ver a alguien, son todos los cambios que te habrías perdido si lo vieras todos los días. Como los pelos en las piernas. O los bíceps. O las manos grandes.

En su actualización, había dicho que su mamá le había preguntado si quería tener una cirugía láser, para así ya no tener que usar lentes. Intenté imaginarlo sin sus lentes, ser capaz de ver en sus ojos dorados verdosos sin contar con los armazones negros entre nosotros. Amaba los lentes de Elliot, pero el pensamiento de estar tan cerca de él sin ellos hizo cosas calientes y raras en mi estómago. De alguna forma

,

en mi cabeza, eso lo hacía sentir como si estuviera desnudo.

—¿Qué quieres para Navidad? —preguntó.

Salté ligeramente, sorprendida. Estaba bastante segura de que lucía exactamente como luce alguien cuando es atrapado contemplando a su mejor amigo con

nada más que

pensamientos inocentes. No nos habíamos besado de nuevo.

Pero en realidad lo deseaba.

Su pregunta hizo eco en mi cabeza.

—¿Navidad?

Sus c

ejas oscuras se juntaron, seri

as

.

—Sí, Navidad.

Traté de evadirlo.

—¿Es eso en lo que has estado pensando todo este tiempo?

—No.

Esperé a que lo elaborase, pero no lo hizo.

—No lo sé en realidad —le dije—. ¿Alguna razón en particular por la que me estás preguntando esto en septiembre?

Elliot rodó sobre su costado para mirarme a la cara, con su cabeza apoyada en su mano.

—Solo me gustaría darte algo lindo. Algo que de verdad quieras.

Bajé el libro y giré mi rostro para verlo también.

—No tienes que darme nada, Ell.

Hizo un sonido frustrado y se sentó. Empujándose hacia arriba fuera de la alfombra, se movió para ponerse de pie. Estiré mi mano y la envolví alrededor de su muñeca. La atmósfera ligera y lujuriosa entre nosotros había sido solo

por mi parte

, aparentemente.

—¿Estás enojado por algo?

Elliot y yo no peleábamos realmente, y la idea de que algo entre nosotros se estaba apagando movió mi balance interno, haciéndome sentir inmediatamente ansiosa. Podía sentir su pulso como un tambor constante bajo su piel.

—¿Piensas en mí cuando vuelves allá? —Sus palabras salieron

bruscamente

, exhaladas

con rudeza

.

Me tomó un segundo procesar lo que quería decir. Cuando estaba de vuelta en casa. Lejos de él.

—Por supuesto que lo hago.

—¿Cuándo?

—Todo el tiempo. Eres mi mejor amigo.

—Tu mejor

amigo

—repitió.

Mi corazón se sumergió en mi pecho, casi dolorosamente.

—Bueno, tú eres más. Eres mi

todo.

—Me besaste este verano y luego actuaste como si nada hubiese pasado.

Es

o

me llegó como una puñalada a mis pulmones. Cerré mis ojos y cubrí mi rostro con mis manos.

Había

pasado así. Después de besarlo en la cocina, hice todo para regresar a

lo de antes

: leer en

el tejado

en la mañana, almuerzo en la sombra, nadar en el río. Había sentido sus ojos en mí, el control contenido de sus manos. Recordaba cuán calientes habían estado sus labios, y la forma en la que me sentí, como una mecha encendida cuando él gruñó en mi boca.

—Lo siento —dije.

—¿Por qué lo

sientes

? —preguntó con cuidado, agachándose a mi lado—. ¿Lo sientes porque no te gustó besarme?

Siento mis manos volverse frías, mirándolo escandalizada.

—¿Se

sintió

como si no me gustara?

—No lo sé —dijo él, encogiéndose de hombros impotente—. Se sintió como que te gustó.

Mucho.

Y a mí también. No puedo dejar de pensar en ello.

—¿En serio?

—Sí, Mace, y luego tú solo… —Me frunció el ceño, un gesto duro—. Te pusiste rara.

Mis pensamientos se enredaron, el recuerdo de Emma junto a él en la estación de servicio y el pánico que siempre sentía cuando lo imaginaba saliendo de mi vida para siempre.

—Quiero decir, está Emma…

—A la mierda Emma —dijo, su voz agitada, y me sorprendió

tanto

que me incliné hacia atrás sobre mis manos, alejándome de él.

Elliot inmediatamente pareció arrepentido y alcanzó a

apartar

un mechón de cabello

de

mi rostro.

—En serio, Mace. No hay nada entre Emma y yo. ¿Esa es la razón por la

que

no quieres hablar de lo que pasó

entre

nosotros en la cocina?

—Creo que también me asusta pensar en arruinar esto. —Mirando hacia abajo, añadí—: Nunca he tenido novio… o alguna otra cosa. Tú eres, aparte de mi papá, la única persona que en verdad me importa y, honestamente, no estoy segura de

que

pudiera soportar no tenerte en mi vida.

Cuando cerraba mis ojos por la noche, la única cosa que podía ver era a Elliot. La mayoría de las noches estaba desesperada por llamarlo justo antes de dormir, para poder oír su voz. Odiaba pensar más allá del fin de semana, porque no estaba segura de cómo nuestros futuros se iban a alinear. O imaginar a Elliot yéndose a Harvard, y yo yendo a algún lugar en California, y lentamente convirtiéndonos en unos desconocidos. La idea era horrible.

Cuando encontré sus ojos de nuevo, noté que la dura línea de su boca se había suavizado. Se sentó frente a mí, con sus rodillas tocando las mías.

—No voy a ningún lado, Mace. —Tomó mi mano—. Te necesito de la misma manera en la que tú me

necesitas a mí

, ¿está bien?

.

Elliot miró mi mano y

la suya y acomodó nuestras palmas para que se presionaran juntas, entrelazando nuestros dedos.

—Y tú, ¿piensas en

? —pregunté. Ahora que él lo había sacado a colación, la pregunta me carcomía.

—A

veces

se siente como si pensara en ti cada minuto —susurró.

Una burbuja de emoción se infló fuertemente bajo mis costillas, golpeando un punto sensible. Observé nuestras manos entrelazadas por un largo tiempo antes de que él hablase de nuevo.

Me esforcé por mantener mis ojos alejados de su cuerpo.

—¿Palabra favorita? —susurró

—Cremallera —respondí sin pensar, sintiendo más que

mirando

su sonrisa en respuesta—. ¿Tú?

—Crujido.

—¿Tienes novia? —pregunté, y las palabras sonaron como una explosión de viento en una habitación, como una incómoda ventana abierta.

Levantó la mirada de nuestras manos unidas, frunciendo el ceño.

—¿Estás preguntando en serio?

—Solo corroboraba.

Dejó ir mi mano y regresó a su libro. No lo estaba leyendo; parecía como si quisiera lanzármelo.

Me deslicé un poco más cerca de él.

—No puedes estar sorprendido de que te lo preguntara.

Me miró boquiabierto, dejando el libro.

—Macy. Te acabo de preguntar si pensabas en mí. Pregunté por qué te pusiste rara después de que nos besáramos. ¿En verdad crees que impulsaría este asunto si tuviera novia?

Mordí mi labio, sintiéndome avergonzada.

—No.

—¿Tú tienes novio?

Le di una sonrisa.

—Unos cuantos por aquí y por allá.

Dejó salir una risa irónica, sacudiendo su cabeza mientras tomaba de vuelta su libro.

Obviamente, cada vez que me imaginaba besando a alguien, ese alguien era Elliot. Y ya habíamos tratado eso: la perfecta fantasía, la sublime realidad, consecuencias potencialmente traicioneras. Incluso la idea de besarlo llevaba mis pensamientos a una desagradable e incómoda ruptura y eso causaría que mi estómago tuviera espasmos dolorosos.

A pesar de todo… no podía dejar de

mirarlo

. ¿Cuándo perdió toda su torpeza y se volvió completamente perfecto? ¿Qué haría con él, si alguna vez tengo la oportunidad? El Elliot de casi diecisiete años era una obra de líneas largas y definidas. No tendría idea de cómo tocar su cuerpo. Conociéndolo, él me lo diría. Probablemente me daría una guía de la anatomía masculina y me dibujaría un par de diagramas. Mientras miraba mis

senos

.

Resoplé. Él levantó la mirada.

—¿Por qué me estás contemplando? —preguntó.

—Yo no… lo hacía.

Dejó salir un corto y seco sonido de escepticismo.

—Está bien. —Estirando su cuello, bajó la mirada—. Todavía me estás mirando.

—Solo me estoy preguntando cómo funciona —cuestioné.

—¿Cómo funciona

qué

?

Cuando tú

… —Hice un gesto elocuente con mi mano—. Con los chicos y el… tú sabes.

Levantó sus cejas, esperando. Pude ver el momento exacto en el que entendió de lo que estaba hablando. Sus pupilas se dilataron tan rápido que sus ojos parecían negros.

—¿Me estás preguntando cómo funcionan los

penes

?

—¡Ell! No tengo hermanas…

Necesito

que alguien me diga estas cosas.

—Ni siquiera puedes soportar hablar sobre besarme, ¿y ahora quieres que te diga cómo funciona cuando me masturbo?

Tragué el oleaje de emociones en mi garganta.

—Está bien, no importa.

—Macy —dijo, más gentilmente ahora—, ¿por qué no sales con nadie

de Bercleky

?

Lo miré con la boca abierta, le dije lo que pensé que era obvio.

—No estoy interesada en otros chicos.

—¿

Otros

chicos?

—Quiero decir —dije, recuperándome de mi desliz—, cualquier persona.

—«Otro» implica que hay un chico. —

L

evantó la palma de una mano y luego levantó la otra—.

Y

hay otros

chicos. Pero en este caso, dijiste que no estás interesada en ningún otro. Así que, ¿solo hay un chico en el que estás interesada?

—Deja de

r

ebatirme haciendo asociaciones.

Él sonrió

de lado

.

—¿Quién es

él

?

Lo observé por un largo

momento

. Inhalé profundamente, decidí que esto no tenía por qué ser tan malo.

—Sabes que comparo a cada chico contigo. Eso no es nada nuevo.

Su sonrisa se amplió.

—¿Lo haces?

—Por supuesto que lo hago. ¿Cómo podría no hacerlo? ¿Recuerdas? Eres mi todo.

—Tu todo, al que le preguntaste sobre la masturbación.

—Exactamente.

—Tu todo, con el que ningún otro chico se compara y cuya lengua dejas que toque tu lengua.

—Correcto. —No me gustó hacia dónde se estaba dirigiendo todo esto. Esto se estaba dirigiendo a confesiones, y las confesiones cambiaban cosas. Las confesiones intensificaban los sentimientos solamente porque les daba espacio para respirar. Las confesiones llevan al amor, y admitir el amor es como atarte a ti misma a las vías del tren.

—Así que quizás tu todo debería ser tu novio.

Lo miré y él me devolvió la mirada.

Hablé sin pensar.

—Quizás.

—Quizás —

concordó

en un susurro.